Archivo de la etiqueta: relatos breves

Alerta

Viste, hay alerta, dice la mina cuando le abre la puerta. Una de la mañana en un barrio ajeno, la tormenta preparada para salir a la cancha y ella en pantuflas, recién duchada, con poca onda y olor a jabón. Me comería un helado, acá a una cuadra hay una heladería buenísima, agrega, señalando la dirección que supone que él debe seguir. Diez minutos después, mientras corre las veredas hasta la parada del bondi, él siente que las gotas son como puños pequeños. Putos del servicio meteorológico, piensa, empapado de Rosario.

 

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by Herman Costarasanti ®

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El filo y la sombra

el filo y la sombra

“En un documento se daba nota de los objetos enviados a las misiones jesuíticas del Virreinato del Perú por orden de Francisco de Borja, destacándose una espada usada en la batalla de Alcoraz que, según la tradición oral, había pertenecido a San Jorge. Sigue leyendo
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Cerdito

Cerdito

 

Papi tiene encerrado a Cerdito. Pobre bicho, anda siempre desnudo y de rodillas. Yo le digo “bicho” cariñosamente. Papi le dice “monstruo” pero creo que lo hace porque no lo entiende.

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Un primo lejano

primo lejanoVolviendo de casa de Ana, le digo al taxista que doble por Puccio. El empedrado español hace vibrar el auto, el río no se ve pero está ahí, detrás de los faroles, el taxi pasa bajo el puente del poeta, después gira y toma Colombres, en dirección al centro. La tormenta ha cesado, pero el pavimento y las ruedas siguen con el ruidito ese como de chicle, como de pegamento. Sigue leyendo

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Confesiones

Empezó como un cosquilleo desde adentro, como una minúscula muchedumbre manifestándose desde la vejiga y, como se volvió algo difícil de tolerar, decidí que era hora de visitar el baño del bar. Una vez dentro, fue cosa de mirarse para empezar una charla de tipos que parecen amigos de toda la vida. Sigue leyendo

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Georgeville

Georgeville

“Yo eligiré los hechos de la Historia más exacta, y vosotros veréis
en Jorge el Soldado del Cesar, fiel à Jesu-Christo”
(Fray Manuel de Espinosa, Oración Panegírica de San Jorge Mártir, II,  Zaragoza, 1779)

Ya nadie recuerda el antiguo nombre del pueblo, como nadie recuerda tampoco si él era un hombre particularmente apuesto, de elevada estatura o bien hablado. Sigue leyendo

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El escape

Me levanté ese día y volví a escuchar los gritos, los portazos. Sabía que mi vecina estaba llorando en su cuarto; además, era mi mejor amiga. Entonces, cansado de los abusos que sufría Rita, decidí ayudarla con una idea muy simple que venía organizando desde hacía un tiempo.   Sigue leyendo

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Multiverso

Camina por calle San Lorenzo apresurado; si llega nuevamente tarde al trabajo el gordo Venturini le va a complicar la existencia. Una cuadra antes de la oficina, ve que una chica se acerca caminando por la vereda. Cuando está lo suficientemente cerca para comprender que no se ha equivocado, que la minita es lindísima, nota que ella está llorando. Se cruzan. Sigue leyendo

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La sombra del otro

Dedicado a J. B. Hickok

I

La chica reparte las cartas con celeridad, mientras los tres jugadores esperan. La luz dorada que entra inclinada desde la ventana ilumina las partículas de polvo que flotan en el saloon número seis del pueblo de Blackriver. Uno de los jugadores acaba de perder el poco dinero que había sacado durante la semana, revolviendo el rio en busca de oro.  El otro reza secretamente para que le toquen esas cartas que lo harán recuperar parte de la fortuna que acaba de dejar sobre la mesa. El tercero se hace llamar Bill Dawson, va vestido con una elegante levita negra, tiene puesto su sombrero de ala ancha y además de prestar atención a las hermosas manos de la mujer que raciona el azar, vigila a sus compañeros de juego y pone especial atención en la puerta. Sigue leyendo

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Antiguos oficios

“… y el demonio aceptó la invitación,

ignorando que la cena había sido consagrada…”

C. R. Maturin, Cartas. Edimburgo , 1820.

Los zapatos se movían entre los sucios adoquines con habilidad, esquivando charcos y desperdicios. El hedor que emanaba de las fábricas de cerveza y de los cueros hervidos en orín de las curtiembres inundaba las calles; las fragancias agradables flotaban en otras zonas de aquella capital. Sigue leyendo

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