Confesiones

Empezó como un cosquilleo desde adentro, como una minúscula muchedumbre manifestándose desde la vejiga y, como se volvió algo difícil de tolerar, decidí que era hora de visitar el baño del bar. Una vez dentro, fue cosa de mirarse para empezar una charla de tipos que parecen amigos de toda la vida. Después de todo, en un baño se comparte mucho y con sólo saludar inclinando la cabeza —una mano ocupada en dirigir y la otra en sostenerlo a uno de la pared— basta para que el que hace lo suyo en el mingitorio vecino termine respondiendo el saludo y confesándose como un católico practicante. Ahí fue cuando el otro tipo que estaba en el baño me empezó a contar tu historia. Me explicó quién eras, dijo tu nombre y lo hizo casi deletreándolo para que no lo olvidara. El tipo debe ser poeta o algo parecido, porque a pesar de estar en este baño asqueroso y del borracho mal oliente que acaba de entrar con la bragueta abierta vaya uno a saber desde cuándo, en este mismo baño te nombra y describe tu belleza como si estuviera en una glorieta de un jardín francés o cruzando un puente veneciano. Lo peor del caso es que me cuenta algunas cosas que quiere decirte y no se anima. Creo que está esperando que sea yo quien te cuente todo esto, y por alguna razón que desconozco, siento que debo hacerlo. Vos, querida, sabrás disculpar una historia en boca de otro, aunque a veces seamos el mismo.

Siempre el final de su tercera cerveza le avisa que sos la soberana de su mundo y que no tiene forma alguna de escapar a tu reinado. Todo tu potencial para hacerlo olvidar del resto del universo se hace presente y aunque él quiere sacarte de ahí, mirar el plato de maní que ofrece el barman o los círculos que dibujan los vasos de cerveza, hacés lo imposible para quedarte, y es ahí cuando no logra centrarse en las otras cosas que le suceden además de vos.

Igualmente quiere que sepas que a veces logra esconderte, pero en realidad yo diría que logra taparte como se tapa a un mueble con una sábana vieja cuando se pinta la sala de estar. O sea, estás, pero tapada, y tiene muy claro que cuando termine de pintar vas a estar de nuevo y es ahí cuando le cagás la vida. No es idiota, aunque probablemente se te pase por la cabeza de vez en cuando.

Vos perdonarás que todo esto suene así, pero al tipo se lo veo en los ojos, le leo los ojos y veo que está desesperado por encontrar la salida. Además, con tu insistencia, con esas ganas de seguir siendo parte de su mundo, le confirmás que se equivocó todas las veces que te dio otra oportunidad. Y lo jodido es que se va a seguir equivocando porque no puede dejar de creer en tus palabras, en tus gestos horrorosamente actuados que pretenden preguntar con una naturalidad de animal disecado si se imagina la vida sin vos.

El caso es que has conseguido que todo lo que nos rodea le haga recordarte un poco: entra al bar una mina que quiebra la tierra y piensa en vos, reina el silencio en la mesa del fondo donde una parejita de pendejos beben sin mirarse y él piensa en vos. Así puedo seguir toda la noche.

Entonces es cuando acusa a su tercera cerveza. Me cuenta que a veces intenta tomar otra cosa. Por ejemplo, cuando toma agua nada de vos se le aparece, aunque vea un puesto de flores, un cambio de asientos en el colectivo o pase frente a aquel comedor asturiano. Así de simple. El agua soluciona su vida sentimental como en esos anuncios de terapias alternativas y vos estás out porque el agua así lo quiere. Pero ahora está tomando cerveza y por eso yo estoy acá y vos estás acá también. Es más, quizá en otras circunstancias vos y yo hubiéramos sido amigos. Pero después de saber todo esto, me quedan pocas ganas de invitarte a ver un clásico al Madre Cabrini o a comer una pizza al Bar de Blanco, aunque sospecho que conocés los dos lugares.

Pero por estar juntos en esta voy a tirarte un hueso: no voy a ocultarte que está usando toda su fuerza de voluntad para olvidar cada partícula de tu cuerpo. Y a tu pesar, deberías saber que de a poco tu estampa se hace borrosa como un dibujo en lápiz. Además, esta chica con la que está hablando animadamente desde hace media hora y que en estos momentos lo espera apoyada en la barra, le recuerda que no sos la única mujer y que éste es el mundo real donde vos sos vos y no una buena mina.

Creo que eso es todo. Ya he vaciado la vejiga y él ha hecho lo mismo del otro lado. Pero antes de que se largue, antes de que me acuse de delator por contártelo todo y de que retire la mirada que me devuelve desde el otro lado del espejo del baño, decido guiñarle un ojo porque unas palmaditas en la espalda serían un acto imposible.

El otro tipo sonríe y deja el baño atrás. Veo su reflejo entre las botellas de fondo, mientras está sentado en la barra, hablando con la chica que lo estaba esperando y bebiendo la cuarta cerveza. Los dos, querida, estamos pensando lo mismo: después de esta noche, no serás más que un cuento.

by Matías Castro Sahilices ®

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7 pensamientos en “Confesiones

  1. Stefi dice:

    Ya que de confesiones se trata, acá tengo una: vuelvo a este relato cada tanto y siempre es como la primera vez. Gracias por eso.

  2. Lore dice:

    Excelente! Muy bueno.-

  3. fulca dice:

    Gracias, che !!!

  4. Triste Sina dice:

    ¿Por qué no había leído yo esta maravilla?

  5. Riti dice:

    Odio emocionarme con tus malditos relatos. Excelente!!!

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