Anábasis

Mientras los dedos empujan unas teclas, observa que las letras que aparecen en negro le dan forma a las palabras. Cuando la oración se extiende hasta llegar al extremo derecho, la mano busca una palanca del mismo lado. Al accionarla, una lámina increíblemente blanca y lisa sube dejando más espacio al descubierto. El hombre hunde las teclas a gran velocidad. Vuelve a usar la palanca, un rodillo gira, la hoja asciende. El hombre se detiene para llevarse un jarro a la boca. Es una bebida oscura, caliente, amarga. La mano deja el recipiente y se acerca hacia una especie de pequeño rollo de papiro humeante. Lo toma entre los dedos índice y medio y lleva un extremo a la boca. El otro extremo se enciende cuando el hombre chupa y aspira; el sabor es exquisito. El hombre arroja el humo y vuelve a beber el líquido amargo. Una luz amarilla cae sobre sus manos, sobre las teclas negras, sobre la lámina blanca; lo demás es oscuridad. Los dedos se mueven vertiginosamente, las palabras aparecen, las oraciones toman forma. Vuelve a usar la palanca, la superficie blanca sube y el hombre lee lo último que la extraña máquina escupió:

“El Rey Darío y su mujer tuvieron dos hijos: el mayor, Artajerjes; el menor, Ciro. Y como Darío estaba enfermo y sospechaba el fin de su vida, quiso que sus dos hijos estuvieran a su lado”.

Las teclas se hunden, la palanca vuelve a accionarse. Los dedos sobre las teclas negras, la mano sobre la palanca, las letras sobre la lámina blanca. Otra vez el líquido amargo en la boca, la picazón en la garganta. El hombre se detiene y vuelve a leer:

“En ese momento, Ciro, que recorría a caballo personalmente las formaciones junto con el intérprete, gritaba al general griego que condujera su ejército de hoplitas contra el centro del enemigo, porque allí se encontraba el Rey Artajerjes, su hermano”.

Los dedos se mueven cuando el hombre piensa las palabras; mientras la historia va oscureciendo la lámina blanca:

“Como Ciro había muerto, los jefes pidieron a Jenofonte de Atenas que tomara el mando del ejército de los diez mil”.

La mano del hombre agarra la lámina y tira de ella para desatascarla de la oscura rueda. Las palabras han cubierto la totalidad del espacio. Otra lámina en blanco aparece en la mano y viaja hasta la boca de la máquina. La rueda se acciona, la boca mecánica engulle la hoja, las manos que se apoyan sobre las teclas construyen la siguiente línea:

“Los enemigos bárbaros, después de semejante carnicería, se retiraron, mientras que los griegos avanzaron con seguridad y llegaron hasta el río Tigris”.

Poco queda de la sustancia amarga en el cuenco y el pequeño rollo humeante se ha acabado. Las hojas marcadas, ahora grises de tanta letra negra, se acumulan en un costado. La última lámina recibe las últimas palabras antes de que la mano la arranque de la boca de la máquina. El hombre, sabiendo que es el final de la historia, lee:

 “Después de atravesar el Gran Imperio Persa para llegar a las costas griegas del Mar Negro, los diez mil mercenarios regresan a sus hogares. Ha pasado un año y tres meses desde que partieran de Grecia con Ciro.”

. . . . .

Aunque la noche todavía reina en la ciudad estado, el anciano despierta. Piensa que quizá los dioses le han hablado, piensa en su obra en las manos de otro, en la inquietante maquinaria de las palabras que le permitirá trascender en el tiempo.

Entonces, mientras el resto de los hombres duermen, Jenofonte vuelve a soñar.

by Matías Castro Sahilices ®

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9 pensamientos en “Anábasis

  1. tatatotu dice:

    Genial Mati!!!! No puedo dejar de pensar en todas las máquinas de mi viejo! Abrazzi!

  2. Gurú Banda dice:

    Realmente muy bueno, descriptivo y ocurrente. Fuera de tiempo y encarnado. Gracias Matías! Siempre deja la marca!

  3. Esther dice:

    Que bueno Matis, me encanta. Según lo leo, puedo escuchar el ritmo del tecleteo y la respiración del tipo, oler el cigarro y el café que se toma, mientras siento estar viendolo todo desde dentro de la habitacion. Tienes esa capacidad de llevarme allá donde te propones.Y no solo en este, si no en cada relato que escribes. Siempre me sorprenden tus ideas y las vueltas que sacas. Genial. “Sos báaaarbarooo”

  4. Eduardo dice:

    Para mi los dioses le hablaban a Jenofonte, es más, a los antiguos les hablaban, nosotros perdimos la conexión.

  5. fulca dice:

    Gracias Alejandro por entrar y leer ! Un abrazo !!!

  6. Me ha gustado mucho… la constante repetición del que aporrea la máquina, bebe, aspira y construye la historia mientras se ennegrece la página. Muy bueno. Gracias.

  7. Giovanna dice:

    Casi siempre cuando empiezo a leer un cuento tuyo necesito tiempo para intender donde van a parar y a poco a poco voy descubriendo mundos extraños…

  8. fulca dice:

    Gracias Elena ! Muy buen ojo, se me pasó el doble “humeante” !!!! Un besazo de este lado del océano para vos y la familia !! Agur !

  9. Elena dice:

    Muy bueno Mati !!! me gusta.
    Un comentario de una inexperta: jarro humeante…papiro humeante …me sobra uno, al leerlo me choca y no me gusta como queda….crítica constructiva de una k no tiene ni idea…un besazo txabalito !!!
    Te sigo echando mucho de menos wapo !!!!
    muaks !!!

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