La hija del griego

Sos igualito a Alejandro Magno, me dijo como al pasar.Y cómo sabés que me parezco a Alejandro Magno, le pregunto. Porque estuve con el general griego hace mucho tiempo en una fiesta, me contesta, medio cagándose de risa.

Entonces me incliné un poco hacia atrás viste, como tomando distancia para mirarla mejor. Y claro, pensé. Una vez que me venía a hablar una mina, no podía ser otra que una loca de mierda. Pero la mina quebraba la tierra, así que le seguí la corriente. No iba a ser ni la primera ni la última.

Vos sabés que me lo han dicho, le digo. Es más, mi primo organizó una fiesta de disfraces y yo fui de Alejandro Magno. Lo que pasó fue que todos pensaban que estaba disfrazado de He-Man. Por ahí le erré con el traje, que se yo. Al final nadie sabe cómo estaban vestidos los griegos así que me chupó un huevo, le digo.

Pero si sos igual, me dice. Y entonces larga una que no me pude sacar nunca de la cabeza. Me dice: la gente ha perdido la capacidad de ver.

Vos sabés que me quedé mudo. Era una boludés, pero se me clavó en el alma.

Cómo era tu nombre, le pregunto.

Es, me dice. Además no te lo dije todavía. ¿Adiviná?!

Uhh, pero yo soy un boludo para adivinar cosas, le digo.

¡Dale, es re fácil!, me dice, entusiasmada.

¿Eva?

No.

¿Isabel?

No.

Susana?

Mm Mmm.

Dalma ? Yanina?

Tampoco.

Bueh, ya fue, te dije que soy un boludo adivinando, le digo.

María, dice. En mi casa somos todos María; es como una tradición familiar, viste. Mi mamá se llama María, mi abuela se llama María. Mi prima se llama María, mi tía y mi tía-abuela también. Hasta mi papá se llama María, pero con José delante. Y cuando tenga una hija sabés cómo le voy a poner?

Carolina.

No tonto! Jajaj, ¡!! Sos re malo adivinando, me dice.

La verdad es que sonaba como una boluda, pero te juro que había algo mágico en la mina esta. Y como yo ya había probado que no era muy bueno adivinando, sobre todo si se trataba de pronosticar cómo iba a terminar la noche, le di para delante porque además de querer echarle un polvo, había algo en la mina esta que me volaba la cabeza. Entonces, después de cuatro cervezas y de hablar de las guerras médicas, de la vida de Virginia Wolf y de flores de Bach, me ofrecí a llevarla a su casa.

No te preocupes, vine en bici, me dijo. Me ofrecí entonces a llevarla a ella y a la bici. Nono, contestó convencida, me gusta pedalear de noche. Si querés te llevo a vos, me dijo.

Lo pensé. Al Citroën de mierda no le iba a pasar nada en la calle, así que acepté, intrigado. Mientras cruzábamos el parque, ella pedaleando contenta su bicicleta del año treinta y yo atrás como un pelotudo, con los pies levantados para no hacer mierda los mocasines, me empecé a dar cuenta que no sabía bien dónde iba a terminar. ¿Me entendés lo que te digo? La cosa es que llegamos a un viejo conventillo, por calle San Lorenzo. Abrió el portón que daba al patio mientras yo le sostenía el vehículo. Entonces fuimos hasta el final del pasillo, dejamos la bici junto a unos helechos y nos metimos en la puerta de la derecha. Y no salí de ahí hasta la tarde siguiente.

Después no la vi nunca más. Una vez quise tocarle timbre pero me encontré con una obra en construcción y del conventillo habían dejado la fachada nada más. No sabès lo triste que me puse; por mi vieja te lo juro.

Entonces una mañana estaba en el bar La Capital tomándome un cortado cuando se me sienta una mina en la mesa.

Aunque pasen los años te seguís pareciendo a Alejandro Magno, me dijo.

¿Podés creer? Habían pasado 10 años y la mina estaba igual.

Te acordás cómo me llamo, me dice.

Carolina.

¡No tonto! Jajaja, María. ¿No te acordás?

Mirá si no me iba acordar; obviamente no le dije nada, viste. Cada vez que iba al laburo pasaba por el conventillo ahora edificio de oficinas y me acordaba de la charla del bar, el paseo en bici del año treinta por el parque y el polvo más mágico de mi vida. Así que tomamos un café ahí, y mientras nos poníamos al día, afuera se ponía la noche. Me invitó a cenar a su nuevo departamento en calle Laprida y pasé esa noche, la siguiente y la siguiente. Tres años loco, tres años con la misma mina y te juro que no se me pasa por la cabeza mirar a nadie más. Y acá me ves, contándote que está embarazada y que ya nos avisaron que es nena. El tiempo vuela cuando uno le encuentra la vuelta a las cosas lindas. ¿A que no sabés cómo se va a llamar?

No, pelotudo, mirá si le vamos a poner María también a la pobre pendeja. Al final se va a llamar Alejandra. ¿Podés creer que todavía la tiene con que soy igualito a Alejandro Magno?

by Matías Castro Sahilices ®

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11 pensamientos en “La hija del griego

  1. Ale dice:

    Coincido con Ramiro acerca de la imagen romántica de la bicicleta. Y además la chica tiene un atractivo especial por lo elusivo de su descripción.

  2. Damian dice:

    Exquisito¡

  3. Stefi dice:

    Excelente. Me gustó muchísimo.

  4. ETHEL dice:

    Matías, realmente sos genial escribiendoooooooooo!!!!!!!

  5. Lu dice:

    genial!!! sin dudas que vale la pena subirse a la bici, se puede transformar en la màs màgica historiaaa…

  6. Elena dice:

    Hay momentos y situaciones en la vida k aunque pasen meses, años y siglos …no se olvidan; son algo especial k se quedan ahí para siempre, en tu corazón y en tu alma…

  7. Vir dice:

    Me emocionè…hace falta decir algo màs?

  8. cris dice:

    qué lindooooooo este relato!!!!!! estabas re posotivo cuando lo escribiste! me encantan leer cosas románticas como ésta, me alimentan el espíritu.

  9. Gretel dice:

    me encantó…y me pasó lo mismo que a Ramiro :)
    una imagen preciosa

  10. Chitru! dice:

    Me encanto!!!!! :)

  11. Ramiro. dice:

    es buenísimo el relato … a pesar de ser solo un detalle pequeño no paro de imaginarla a ella pedaleando en su bicicleta destartalada con el sentado atrás elevando los mocasines para no romperlos, es una imagen tremendamente romántica.

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