Alguna vez a un hombre

Durante el casamiento, quedamos que el Cura iba a pasar por casa, a eso de las diez. Mi madre me dejaba salir después de la cena porque era verano y cada dos o tres casas había un vecino sentado en la vereda con sus sillones y sus mascotas, tomando mates o comiendo frutas de postre. Los que laburábamos todos los sábados de monaguillos de casamiento –a no confundirse con esos otros, los que están en las misas-, le habíamos puesto “el Cura” de sobrenombre porque era como el jefe: se encargaba de tocar la campanita, de acercarle los anillos al Padre Víctor y de devolverle la libreta de casamiento al padrino al final de la boda, sólo si éste se metía la mano en el bolsillo y sacaba unos buenos mangos. A veces, cuando el padrino se hacía el boludo, el Cura se lo quedaba mirando, con los dos brazos hacia atrás, escondiendo la libreta y con el resto de nosotros haciendo bulto tras él, todos vestidos con las túnicas blancas; casi siempre el padrino se doblegaba, bufando, mirándonos con cara de bronca. Después, el Cura repartía la plata entre todos, aunque sospechábamos que la distribución no siempre era equitativa, sobre todo cuando los novios tenían guita y venían en autos lujosos y los arreglos florales eran grandes y con macetitas llenas de tierra. Ese sábado, mientras entraba la novia y esperábamos paraditos al lado del altar, el Cura me contó que había conseguido unos puchos, que se los había robado al hermano o al tío, no recuerdo bien, mientras el Padre Víctor nos miraba feo porque ya se acercaba la novia y nosotros estábamos cuchicheando.

Eran las diez en punto cuando sonó el timbre. Abrí la puerta y el Cura me sonrió y me hizo entender que llevaba los puchos en el bolsillito de su chomba, porque el paquete crujió bajo la tela de piqué cuando se dio un toque y yo me imaginé un paquete de 43/70 o de Pall Mall, que eran las marcas que se fumaban en el barrio.

Cuando salimos del porche, el Cura me dijo que esa era una noche especial porque era una noche de hombres, y me hizo señas de que camináramos por la calle y no por la vereda. Cuando llegamos hasta el camión que siempre estaba estacionado en la esquina, el Cura me retó a una carrera, a que no le ganaba hasta la otra esquina, pero corriendo por la calle, cosa peligrosa con tantos autos y colectivos circulando. Después de correr media cuadra ya me había arrepentido, porque los vaqueros que me había puesto para estar presentable eran una prenda poco favorable para tales actividades atléticas, y porque sabía que en la esquina estaba toda la barra de pibes y pibas y porque el Cura me estaba ganando e iba a llegar primero. Claro que el Cura ya sabía esto, estoy seguro de que me midió cuando me vio con los vaqueros y la verdad que darme cuenta de eso me hizo agarrar una rabia terrible. Tampoco es que me sacó mucha diferencia, quizá dos metros, que si uno cuenta, dos metros de cien corridos no son nada, porque de calle a calle había más o menos cien metros, no como en esos barrios de cuadras cortas. La cosa es que todos rieron al vernos llegar corriendo y el Cura comenzó a hacer chistes y a saludar al resto de la barra y a tomar enseguida su papel de jefe. Y, como me había imaginado mientras me ponía los vaqueros nuevos, pude ver que también estaban las chicas, sentadas contra la pared de la mueblería. Enseguida el Cura prendió un pucho y empezó a fumar como un murciélago, tirando mucho humo para impresionarlas, cosa que funcionó, porque enseguida estaba rodeado, y entre ellas estaba Juli, la hija del ferretero que vivía un par de cuadras más allá. Entonces el Cura prendió otro pucho para que todos fumáramos y alguien me lo pasó y fue la primera vez que fumé, y la sensación de verme envuelto en una nube de humo y el pucho en la boca y la esquina y la hora me hicieron sentir libre y pensar que era un tipo grande. El Cura pareció adivinar lo que yo estaba pensando y se acercó y me abrazó y dijo que ya no éramos unos niños, que éramos hombres, hombres hechos y derechos, como su hermano y su tío. Luego, con el pucho colgándole de los labios – estoy seguro de que ya había practicado ésta maniobra frente a un espejo – preguntó a las chicas si ya habían besado alguna vez a un hombre.

Las chicas rieron como buenas chicas y los demás nos ruborizamos como buenos chicos y el Cura decretó que esa era noche de besos y que era momento de que todas se formaran, que hicieran una fila para que besaran a un hombre de una buena vez. Y ellas formaron y fueron besadas por el Cura, que fue el autor y único ejecutor del plan, y cuando llegó el turno de Juli yo me quería matar. Entonces el Cura me miró, porque sabía que me gustaba la hija del ferretero; me miró y sonrió y declaró casi gritando que así besaban los hombres. Y mientras Juli abría la boca bien grande y el Cura hacía lo mismo, alguien me pasó el otro pucho, el primero, consumido y con la punta del filtro mojada de tanto chupetearlo. Y mientras le daba una última seca al cigarrillo, cosa que ya no era tan divertida, con ese gusto amargo que me empezaba a dar asco, sentí la voz de mi madre que me llamaba desde la otra esquina gritando mi nombre, con esa voz finita que te quemaba la cabeza, avisando que ya era tarde, que no eran horas para andar jugando afuera, que había llegado el momento de abandonar la barra, la esquina, a la hija del ferretero mirando al Cura con cara de boba y, sobre todo, las ganas de ser un hombre hecho y derecho.

by Matías Castro Sahilices ®

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9 pensamientos en “Alguna vez a un hombre

  1. fulca dice:

    Hay cosas que son inevitables. Gracias por pasar, Ángel !

  2. Angel G. Paz dice:

    tiene a quien salir el nene hasta la misma manera de relatar de Ricardo muy bueno adelante

  3. fulca dice:

    Se que compartimos este tipo de sensibilidad con las pequeñas cosas de aquella Rosario, pero me alegra enormemente que atravieses por todas esas imágenes conmigo.,Gracias Robert por pasar.

  4. Roberto dice:

    bravo! pinta tan bien esos momentos de “la cuadra”, de la esquina de mi barrio, de esos momentos llenos de ternura e inocencia, de descubrimientos. Muy bueno maestro! No de
    je de pintar!

  5. Ceci dice:

    Yo queria que le de el beso a Lili…… :(

  6. Guillermo dice:

    Una vez mas me asombra el poder de descripción de lugares situación y emociones que tenes Maty. Me llena de recuerdos de lugares y momentos.
    Muy bueno

  7. Stella dice:

    Espléndido relato sobre la adolescencia.. Me alegro de tu entrada en mi blog, así pude conocer tu sitio.
    Hasta pronto.

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