Multiverso

Camina por calle San Lorenzo apresurado; si llega nuevamente tarde al trabajo el gordo Venturini le va a complicar la existencia. Una cuadra antes de la oficina, ve que una chica se acerca caminando por la vereda. Cuando está lo suficientemente cerca para comprender que no se ha equivocado, que la minita es lindísima, nota que ella está llorando. Se cruzan.En algún lugar, él mira el reloj que marca las 14 en punto y al levantar la vista se encuentra con los ojos de ella. Se detiene, cambia de dirección y camina junto a ella. Le pregunta si está bien y ella llora con fuerza y no se le entiende lo que dice pero lo abraza con fuerza y no lo suelta. Un tilo les lleva un perfume fresco. A la mierda el laburo y el gordo Venturini, piensa, hay un bar ahí nomás que se llama “Oh Carol” donde el café es buenísimo, le dice. Mientras charlan en una mesa que da a la calle, él la toma de la mano y ella sonríe: piensa que todos los tipos son unos imbéciles, pero al menos éste es un caballero. Al despedirse, no se besan; lo harán el día siguiente.

Mientras tanto, en otro lugar que se parece mucho al de antes, él mira el reloj que marca las 14 en punto y al levantar la vista se encuentra con los ojos de ella. Entonces se detiene, cambia de dirección y camina con ella. Le pregunta si está bien. Ella llora con fuerza, con los brazos cruzados sobre la carterita que lleva. Él se la queda mirando sin saber qué hacer y le pregunta qué le pasó, si necesita algo, mientras piensa que le hubiera encantado tomarse un café con ella, pero si vuelve a llegar tarde al laburo le van a meter una patada en el culo. No te preocupes, dice ella, me doblé el tobillo cuando bajé el cordón, por eso estoy llorando, gracias por preguntar. Se despiden con una sonrisa. No hará falta mucho tiempo para que el recuerdo de los dos se desdibuje hasta desaparecer.

Pero de este lado del mundo, en el mismo momento en que él está mirando las agujas del reloj marcando las 14 en punto ella lo mira un segundo y baja la vista, así que las miradas no se encuentran. Él se detiene un instante, pero se queda ahí mismo. Le parece sentir un aroma a tilo mientras la ve alejarse. Cree haber escuchado un último sollozo, pero bien puede haber sido su imaginación, así que es mejor apurarse para no llegar tarde para que el gordo Venturini no rompa las pelotas. Ella jamás recordará la escena. En cambio, él anota la historia en una libreta porque le puede servir para un cuento, piensa, porque quién sabe si no va a  terminar escribiéndolo diez años después.

by Matías Castro Sahilices ®

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