Antiguos oficios

“… y el demonio aceptó la invitación,

ignorando que la cena había sido consagrada…”

C. R. Maturin, Cartas. Edimburgo , 1820.

Los zapatos se movían entre los sucios adoquines con habilidad, esquivando charcos y desperdicios. El hedor que emanaba de las fábricas de cerveza y de los cueros hervidos en orín de las curtiembres inundaba las calles; las fragancias agradables flotaban en otras zonas de aquella capital.

Caminó hasta la posada que regenteaba Seamus por calle Brushfield y al llegar a la entrada, se encontró con una de las chicas atendiendo a un cliente; al pasar junto a la pareja la mujer le guiñó un ojo entre gemidos mal actuados. Dentro de la fonda, las figuras se movían borrosas envueltas en una nube de tabaco y humedad. Se acercó a la barra esquivando borrachos y Seamus le indicó con un movimiento de cabeza que la esperaban arriba.

Subió las escaleras y entró en la habitación. Mientras el agente Burton la observaba sentado en la cama, comenzó a desnudarse. Luego tomó las ropas que tenía tendidas sobre una silla y se vistió con un gesto de asco. Burton no pudo evitar sonreír.

« Le he traído algo », dijo el agente, ofreciéndole un objeto cubierto con un trapo. Sin decir una palabra, ella tomó el envoltorio y lo escondió bajo el abrigo que acababa de ponerse.

Salió de la posada recorriendo el laberinto de pasajes y calles estrechas.

Antes de girar para tomar calle Aldgate aguardó bajo un portal oscuro para que un grupo de hombres pasara sin notar su presencia; repetiría la ceremonia varias veces más, obligada a esconderse para evitar el contacto con posibles clientes. Una vez que encontró la calle desolada, caminó en dirección a la iglesia de San Botholph, sintiendo de vez en cuando la brisa proveniente del río, el único alivio frente al permanente tufo del alcantarillado al descubierto.

En la ochava de calle Mitre, la noche engendró un carruaje. El vehículo se detuvo cortándole el paso, como si hubiera estado ahí, esperándola. El cochero se apeó y abrió la puerta frente a ella. Una mano negra, enguantada, la invitó a subir. Sintió una fuerza descomunal cuando su mano la estrechó para ingresar al vehículo y a pesar de su larga experiencia en el oficio, el pulso se le aceleró. El caballero usó una voz ronca para darle indicaciones al cochero y éste agitó las riendas. El carruaje comenzó a moverse y el ruido de los cascos le dio cierta tranquilidad: tenía la impresión de que la respiración entrecortada delataría su estado. Notó el aroma que nacía de sus ropas y sintió vergüenza, porque la suciedad de la que venía se imponía sobre el olor a cuero y perfume del interior del coche.

El hombre permanecía en silencio y la oscuridad dentro del vehículo era absoluta. De vez en cuando alguna tenue luz entraba por las ventanas y dejaba ver el traje fino que vestía el caballero. Al cabo de un tiempo, el carruaje se detuvo junto al Támesis, en uno de los muelles de la rivera este. Ella miró por la ventana y comprobó que el amarradero se encontraba totalmente desierto: aunque gritara nadie acudiría a su ayuda.

Descendió como pudo sin la ayuda del cochero y cayó sobre un charco de agua y barro. Del otro lado, el caballero bajó y ella observó cómo la capa negra que éste vestía se abría como las alas de un murciélago. También vio un sombrero y un maletín.

El caballero la tomó del brazo gentilmente, pero con firmeza. Volvió a sentir una fuerza tremenda y entendió que mientras esa garra la tuviera presa, sería imposible escapar. El cochero dio la orden y los caballos devolvieron el carruaje a la noche. La bruma espesa lo ocultaba todo, pero el hombre parecía conocer el lugar. Hacía tiempo que el sonido de los cascos se había dejado de escuchar cuando se detuvieron detrás de un viejo almacén.

Un empujón, las maderas húmedas y podridas contra su espalda, el maletín en el suelo. La mano, fría y mecánica, buscó bajo su vestido y ella esperó en vano el frío en su sexo: la mano enguantada se apoyó bajo la parte inferior de su estómago, donde empezaba el vello púbico. Aunque la fragancia que nacía del hombre era exquisita, la empalagaba y le hacía arder la nariz. El caballero seguía apretando la zona como si se tratara de una visita de médico, buscando, comprobando. Con la otra mano enguantada, la seguía aferrando del brazo. Ella pensó en el cochero y supo que ser perseguida en ese mundo de bruma y edificios deshabitados era un acto imposible. Debía actuar rápidamente: sabía que de un momento al otro la garra que la sostenía se aflojaría para buscar el filo escondido. Después, el corte de oreja a oreja, el calor de la sangre, el vientre abierto, los órganos envueltos para regalo o condimentados sobre una sartén. Entonces, cuando sintió que los dedos comenzaban a aflojar la presión en su brazo, ella apretó el gatillo bajo el abrigo y el olor a pólvora eclipsó el rico perfume y el vulgar aroma que desprendían sus prendas. Luego de vaciar el tambor del pequeño revolver sobre la figura, ella se perdió entre los edificios portuarios, hundida en la niebla de la noche.

Llegó a la posada después de caminar dos horas y aunque debió cruzar las zonas más peligrosas de la ciudad, su oficio le había enseñado a no temer a nadie. Pasó frente a Seamus sin mirarlo, volvió a subir las escaleras y entró al cuarto rentado por la Agencia. Burton la estaba esperando.

« ¿Y bien?» preguntó el agente.

« Su Majestad y las putas de Whitechapel ya pueden dormir tranquilas », dijo ella, mientras repetía el gesto de asco y se quitaba el sucio disfraz.

by Matías Castro Sahilices ®

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4 pensamientos en “Antiguos oficios

  1. Ariel dice:

    Muy buen relato, me gusto mucho… dale que aun hay mucho por escribir…

  2. Javier dice:

    Me gustan mucho tus cuentos.

  3. Salvatoreee dice:

    jajajaja, vaya, Peli ya jejejejejejeje, eres el nuevo Almodovar.

  4. Gretel dice:

    me quedé con ganas de más. me imaginé hasta la peli jajaja

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