Alerta

Viste, hay alerta, dice la mina cuando le abre la puerta. Una de la mañana en un barrio ajeno, la tormenta preparada para salir a la cancha y ella en pantuflas, recién duchada, con poca onda y olor a jabón. Me comería un helado, acá a una cuadra hay una heladería buenísima, agrega, señalando la dirección que supone que él debe seguir. Diez minutos después, mientras corre las veredas hasta la parada del bondi, él siente que las gotas son como puños pequeños. Putos del servicio meteorológico, piensa, empapado de Rosario.

 

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by Herman Costarasanti ®

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Tanka mosquero

Meliquina River

 

Pies en el agua

y vestido el anzuelo,

duda del río.

Si en vez de pez y hombre,

el reflejo de un tritón.

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El filo y la sombra

el filo y la sombra

“En un documento se daba nota de los objetos enviados a las misiones jesuíticas del Virreinato del Perú por orden de Francisco de Borja, destacándose una espada usada en la batalla de Alcoraz que, según la tradición oral, había pertenecido a San Jorge. Atesorada durante años en el monasterio de Santa María de Obarra antes de cruzar el atlántico, el arma fue guardada por la Compañía de Jesús hasta su expulsión en 1767. Sólo Dios sabe cuál fue el destino de esa reliquia”.
Pedro de Angelis, Colección de Obras y Documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata, Tomo I, p. 188. Buenos Aires, 1841.
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“CXLVIII – Una espada gineta de hoja antigua, sin marca de armero, de buen acero aunque herrumbrada, envuelta en una bandera de horizontes rojos y amarillos que se identificó con los colores de reino de Aragón”
Bravo, Francisco Javier. Inventarios de los bienes hallados por la Junta de Temporalidades durante la ocupación del Colegio Máximo de la Compañía de Jesús de Córdoba. Imprenta y estereotipa de Manuel Rivadeneyra, Madrid, 1872.
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“Era cosa común el aprovechamiento de las hojas de sables y viejas espadas para la construcción de facones y dagas, por lo que uno no puede dejar de preguntarse en cuánto gaucho habrá llevado encima un metal utilizado en Amberes, en la conquista de América, y, por qué no, en Tierra Santa”.  
 Martiniano Leguizamón, El lance Pampeano. Semanario El ombú, Montevideo, 1896.
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Era el único de pie entre los muertos y escucharlo reír helaba la sangre. Pareció no sentir nada cuando lo chucié con la lanza, porque enseguida se me vino encima con la daga en alto. Mientras yo levantaba el brazo para recibir el hachazo del otro, saqué el cuchillo con la mano libre, dibujé una recta y la punta pintó un tajo negro que debía ser rojo. El otro pegó un grito espeluznante y cayó de rodillas, la daga en la tierra, las manos queriendo cerrar la boca oscura que se le había abierto en el estómago para dejar pasar el acero.

El filo todavía humeaba cuando Mandinga me miró con furia. Después se derritió ahí nomás, como una vela, en un charco de mugre y brea, mientras el tufo a animal podrido envolvía la cancha.” 

Álvaro Iglesia murió de viejo. Lo enterraron en Morante, con el facón entre las manos, sobre el pecho. Aunque se le atribuían muchas historias, ninguna se oyó tanto como la que vivió aquella vez cerca del puesto La Sepultura. De tanto escucharla, los críos del pueblo la recitábamos de memoria y le juro que a pesar del tiempo, no he conseguido olvidar una sola línea.

by Matías Castro Sahilices ®

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Cerdito

Cerdito

 

Papi tiene encerrado a Cerdito. Doña María lo escondía en un galponcito, pero le empezó a dar lástima y fue entonces que nos preguntó si lo queríamos tener en casa. Aunque me hubiera gustado más tener uno con cabeza de vaca y jugar con él al laberinto, papi me dijo que escuchó en las noticias que esos eran muy peligrosos, que si quería uno me tenía que conformar con éste.

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Un primo lejano

primo lejanoVolviendo de casa de Ana, le digo al taxista que doble por Puccio. El empedrado español hace vibrar el auto, el río no se ve pero está ahí, detrás de los faroles, el taxi pasa bajo el puente del poeta, después gira y toma Colombres, en dirección al centro. La tormenta ha cesado, pero el pavimento y las ruedas siguen con el ruidito ese como de chicle, como de pegamento. Sigue leyendo

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Anábasis

Mientras los dedos empujan unas teclas, observa que las letras que aparecen en negro le dan forma a las palabras. Cuando la oración se extiende hasta llegar al extremo derecho, la mano busca una palanca del mismo lado. Al accionarla, una lámina increíblemente blanca y lisa sube dejando más espacio al descubierto. El hombre hunde las teclas a gran velocidad. Vuelve a usar la palanca, un rodillo gira, la hoja asciende. Sigue leyendo

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La hija del griego

Sos igualito a Alejandro Magno, me dijo como al pasar.Y cómo sabés que me parezco a Alejandro Magno, le pregunto. Porque estuve con el general griego hace mucho tiempo en una fiesta, me contesta, medio cagándose de risa.

Entonces me incliné un poco hacia atrás, viste, como tomando distancia para mirarla mejor. Y claro, pensé. Una vez que me venía a hablar una mina, no podía ser otra que una loca de mierda. Sigue leyendo

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Alguna vez a un hombre

Durante el casamiento, quedamos que el Cura iba a pasar por casa, a eso de las diez. Mi madre me dejaba salir después de la cena porque era verano y cada dos o tres casas había un vecino sentado en la vereda con sus sillones y sus mascotas, tomando mates o comiendo frutas de postre. Sigue leyendo

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Georgeville

Georgeville

“Yo eligiré los hechos de la Historia más exacta, y vosotros veréis
en Jorge el Soldado del Cesar, fiel à Jesu-Christo”
(Fray Manuel de Espinosa, Oración Panegírica de San Jorge Mártir, II,  Zaragoza, 1779)

Ya nadie recuerda el antiguo nombre del pueblo, como nadie recuerda tampoco si él era un hombre particularmente apuesto, de elevada estatura o bien hablado. Sigue leyendo

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La señora Darco

Un_incendio_(Goya) 2

 

— Aunque todavía no ha cumplido los catorce años, nos atrevemos a asegurar que la joven muestra un conjunto de síntomas correspondientes al diagnóstico de esquizofrenia: constantes alucinaciones auditivas con voces que dan órdenes y sugerencias, ideas delirantes perfectamente estructuradas y alucinaciones visuales.      Sigue leyendo

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La sombra del otro

Dedicado a J. B. Hickok

I

La chica reparte las cartas con celeridad, mientras los tres jugadores esperan. La luz dorada que entra inclinada desde la ventana ilumina las partículas de polvo que flotan en el saloon número seis del pueblo de Blackriver. Uno de los jugadores acaba de perder el poco dinero que había sacado durante la semana, revolviendo el rio en busca de oro.  El otro reza secretamente para que le toquen esas cartas que lo harán recuperar parte de la fortuna que acaba de dejar sobre la mesa. El tercero se hace llamar Bill Dawson, va vestido con una elegante levita negra, tiene puesto su sombrero de ala ancha y además de prestar atención a las hermosas manos de la mujer que raciona el azar, vigila a sus compañeros de juego y pone especial atención en la puerta. Sigue leyendo

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